—Yo
no me he comido las galletas de ambrosía, mamí —aseguró
el pequeño Hermes mientras el nervioso aleteo de sus tobillos
le mantenía a un palmo del suelo de mármol.
Hera le miraba con desdén. En aquellos
instantes estaba tan furiosa que se sentía incapaz de decidir
qué le molestaba más: el flagrante embuste del niño
o que le hubiera llamado «mami». Después de todo
aquel pequeño no había nacido de su vientre sino del
de aquella guarra de Maya. ¡La muy ninfa! No cejó en
su empeño hasta que el soberano del Olimpo vertió
su simiente en tan inmunda entrepierna y adquirió así
el derecho al subsidio que recibían todas las amantes de
Zeus. ¡Menudo templo se había montado en el monte Cileno
a costa del erario celestial!
—Hermes, te tengo dicho que no me gusta
que me mientas. ¡Enséñame las manos!
El niño le mostró ambas palmas sin
dudar. Estaban llenas de migas, las mismas que manchaban sus mofletes.
La mujer cogió una de ellas y se la llevó a los labios.
Paladeó bajo la atenta mirada del pequeño que tardó
varios segundos en comprender que no se había quedado ciego;
el casco le había caído sobre los ojos a consecuencia
del sopapo que le acababa de propinar su malhumorada madrastra.
—Esto es un sinvivir —musitó
Hera aceptando el pañuelo que le alargaba su hermana Demeter,
que no perdía detalle de las evoluciones del asno de su otra
hermana, Hestia, por su campo de trigo.
—Como tu bestia le hinque el diente a mi
trigo, de verdad que le rebano el cuello —amenazó la
diosa de la agricultura mostrando su dorada hoz.
—Déjale, animalito, ya sabes que
es muy hogareño —repuso la diosa del fuego del hogar.
—Pues de eso me quejo. Cuando vengas de
visita no hace falta que me lo traigas, y esa antorcha tampoco,
que cualquier día me lías un desastre.
Por toda respuesta Hestia señaló
con el mentón a Hera, quien ajena a la discusión de
sus hermanas sollozaba en silencio.
—Vamos querida, ya sabes que nuestro hermano
pequeño siempre ha sido un pelín tarambana —intentó
apaciguarla Demeter mientras le acariciaba los largos cabellos.
—Nunca debí desposarme con él.
Sólo una tonta como yo podía creer en la palabra de
alguien que no dudó en violar a su propia hermana.
—Te casaste con él porque le amas,
y si ahora lloras como una niña es porque sigues haciéndolo
—le recordó Hestia—. Eres la reina de todos los
dioses, hermana, los humanos te adoran y levantan constantemente
templos en tu honor. Muchos envidarían tu suerte.
—No
puedo seguir así. —Las lágrimas anegaban los
grandes ojos negros de la bella Hera—. Mi matrimonio es un
desastre, Zeus se pasa el día pensando en quién será
su próximo objetivo y cómo la seducirá esta
vez. Sea tomando forma de cisne, de lluvia o suplantando al marido,
cualquier argucia es buena para hundirse entre las piernas de una
mujer. Y para colmo de males mis hijos empiezan a seguir los pasos
de su padre. Les parezco una tonta a la que cualquiera puede engañar.
Entran y salen de casa sin darme ningún tipo de explicación
y me contestan como si fuera su criada. Ares se pasa el día
en las tabernas buscando bronca; Hebe, no piensa más que
en mantener bien llena la copa de sus jovenzuelos pretendientes
para que caigan ebrios a sus pies, ya ni siquiera acude a mi llamada
cuando necesito que me ayude a enganchar a Pegaso a mi carro; Ilitía
sólo piensa en su organización de madres solteras,
demasiado ocupada como para preocuparse por la suya. Ya os he contado
lo que Hermes hizo el otro día… Esto no se parece en
nada a la vida que siempre deseé. ¡Cómo es posible
que la protectora de la familia y el matrimonio haya convertido
su hogar en semejante desastre!
—No te tortures querida —respondió
Demeter sin dejar de acariciar a su hermana—. No es culpa
tuya. Has hecho cuanto estaba en tu mano para que todo funcionara.
—No, no lo he hecho —respondió
Hera con rabia, zafándose del contacto de la diosa de la
agricultura—. El único que me quiso y respetó
fue Hefesto. Él sí que era un hijo leal y cariñoso.
Pero lejos de aceptar su deformidad me dejé llevar por el
«qué dirán» y lo expulsé del Olimpo.
Me merezco cuanto me está pasando.
—Pero hermana —intervino Hestia—,
¡eres la esposa del Dios supremo del Universo y uno de tus
hijos heredará algún día su trono! ¿Qué
esperas? Si algo les sobra es tiempo y poder para andar por ahí
haciendo cuanto se les antoje. ¿Qué es lo que nos
estás diciendo? ¿Que serías más feliz
disfrutando de una familia vulgar con problemas mundanos como la
de cualquier simple mortal?
Por toda respuesta Hera sonrió con un brillo
de comprensión en la mirada.
Poseidón
fue el aliado perfecto para que Hera pudiera llevar a cabo su plan.
El dios de las aguas siempre había anhelado dejar su papel
de segundón, y ocupar el majestuoso trono de mármol
negro con incrustaciones de oro desde donde Zeus regía el
destino de los olímpicos y de la humanidad. El señor
de las náyades, las nereidas y sirenas, no dudó en
aprovechar la oportunidad de conseguir lo que su hermana le ofrecía.
A cambio, le prometió que la ayudaría en la huida,
que guardaría silencio absoluto sobre su paradero y que se
haría cargo del pequeño Hermes, vigilándole
a todas horas para que no bajara a la Tierra en su búsqueda.
Juró hacerlo tanto tiempo como ella decidiera quedarse a
vivir con su familia entre los mortales.
Aquella misma noche, Hera vertió en las
copas de Zeus, Hebe, Ares y Ilítia, lágrimas de Morfeo,
que les sumieron en un dulce y profundo sopor. Luego, al amparo
de una oscuridad sin Luna, Poseidón la ayudó a cargarlos
en la cuadriga con la que descenderían a la tierra de los
humanos. Pegaso y sus blancas crines sólo trajeron un tripulante
de regreso: aquél que había de convertirse en el nuevo
soberano del Universo.
Por todo equipaje, Hera llevó consigo dos
ánforas de barro y una jarrita de vidrio. La primera ánfora
contenía la ambrosía que les mantendría jóvenes
y vigorosos; la segunda, agua del Leteo, el río del Hades
del que bebían las almas para olvidar su vida anterior al
reencarnarse, y con el que pensaba borrar la memoria de Zeus y sus
hijos cuantas veces precisara. Reservaba el contenido de la jarrita
ambarina para cuando llegara el momento de regresar: agua del río
Mnemósine, con la cual devolverles los recuerdos arrebatados.
896.944 días se habían
esfumado desde entonces.
Aquella mañana de principios de verano,
la que fuera diosa del matrimonio, los sacrificios y la lealtad,
aspiró con deleite el aroma de las galletas recién
horneadas. Sin ambrosía no estaban tan buenas, pero su esposo
seguía encontrándolas deliciosas.
Con cautela cogió la bandeja caliente ayudándose
de dos manoplas y la sacó del horno. Se secó el sudor
con el antebrazo y miró a través de la ventana de
la cocina: estrechas chimeneas escupían con desgana humaredas
que ensuciaban el cielo. Las refinerías constituían
un elemento característico del paisaje de aquel barrio del
extrarradio. En alguna de ellas su marido estaría esperando
ansioso a que dieran las dos y terminara su jornada laboral. Como
de costumbre llegaría cansado, hambriento, con ganas de echarse
tan pronto hubiera terminado de comer.
Hera se sonrió. ¿Cuántas
veces a lo largo de todos aquellos años se había preguntado
si estaba obrando bien, y cuánto había de realidad
y cuánto de mentira en la vida que había obligado
a vivir a su familia? Incontables. Casi las mismas que se dijo que
había llegado el momento de regresar a casa. Para cuando
quiso darse cuenta ya no había ningún lugar al que
volver. No debieron pasar más que unos meses ahí arriba,
pero fueron siglos para los humanos. Siglos durante los cuales muchas
civilizaciones cayeron y otras emergieron, siglos que vieron como
los cultos a Yahvé, a Buda y a Alá, iban dejando atrás
a los olímpicos y a su monte, que desapareció en el
olvido junto a sus pobladores.
Unos pocos años sin ambrosía bastaron
para que su inmortalidad y poder desaparecieran. Fueron tiempos
difíciles en los que por dos veces conocieron el peor dolor
que unos padres pueden experimentar: Ares, que había luchado
en infinidad de guerras sin sufrir ni un solo rasguño, falleció
tres años atrás en Irak de un disparo en la cabeza.
Hebe lo hizo, poco después, de una paliza a manos de su marido
alcohólico. Al menos a Ilítia las cosas le habían
ido bien, y trabajaba como abogada de derechos humanos para Amnistía
Internacional.
Con todo, no se arrepentía de nada. Los
años felices compensaban con creces todo el sufrimiento posterior. Durante mucho, muchísimo tiempo, disfrutó de la familia
que siempre había deseado tener. Sus hijos la adoraban y
su esposo nunca se cansaba de hacerle el amor y decirle que era
la mujer más hermosa del mundo. Sí, después
de todo, Zeus y ella habían sido felices, muy felices, aunque
tenía que confesar que en los últimos años,
cuando las canas aparecieron en su pelo y las arrugas en su piel,
buscó otros brazos que la hicieran sentirse todavía
deseada. Tanto como cuando conducía orgullosa su cuadriga
de oro a través de los jardines del monte Olimpo, allí
donde ella y su marido fueron jóvenes y poderosos.
Ignorando las lágrimas que nacían
de sus grandes ojos negros, Hera se acercó a los labios una
de las galletas. Aquella que contenía las últimas
gotas del río del olvido.
© Enric Herce Escarrà |