—La idea fundamental es que no podemos hablar
de las cantidades físicas de velocidad o aceleración
sin definir antes el sistema de referencia de las mismas. Este
sistema de referencia viene definido por elección particular
y en tal caso todo movimiento es definido y cuantificado relativamente
a otra materia. En la teoría especial de la relatividad
se asume que los sistemas de referencia pueden ser extendidos
indefinidamente en todas las direcciones en el espacio-tiempo.
Pero en la teoría general se reconoce que sólo
es posible la definición de sistemas aproximados de forma
local y durante un tiempo finito para regiones finitas del espacio…
—No se ofenda vuesa merced, pero no
estoy entendiendo nada de lo que me dice.
—Déjame pues aclararte mis palabras…
¿conoces la ley de Murphy?
—Esa la entiendo a la perfección
y la he sufrido no pocas veces en mis propias carnes. Mi madre
que en gloria esté, siempre me dijo que a Murphy no me
ganaba ni el Toribio, que puso un túnel de lavado tres
días antes de que empezara la peor sequía del
siglo y medio año de restricciones de agua.
—Pues la ley de Murphy sostiene, en
relación a la relatividad, que la duración de
un minuto depende del lado de la puerta del baño en que
uno se encuentre.
—¡Haber empezado por ahí!
Es bien sabido que en este mundo cruel nada es verdad ni es
mentira, que todo es del color del cristal con que se mira.
—Exactamente, mi buen escudero. Según
la ley de la relatividad, el punto de referencia desde el cual
se percibe un fenómeno afecta a la percepción
que tenemos del mismo, y es por ello que precisamos de una estructura
de referencia: el Sol, la Tierra, nosotros mismos inmóviles,
para poder relacionar con ella los fenómenos observados.
Vaya, que el «tiempo» y «espacio» absoluto
no existen.
—Bueno, déjelo ahí vuesa
merced, que me está confundiendo lo poco que había
entendido con el Murphy ese… ¿Y todo eso de los
sistemas que se estiran y de tiempos y regiones como pieles
de cebolla?
—Finitas de fin, mi buen amigo Sancho.
Tiempos y regiones que tienen fin.
—Perdone mi confusión, pero siga
en su exposición, si me disculpa el pareado. Que el tiempo
apremia mi buen señor, y no está el horno para
bollos.
—Imagínate mi buen amigo, que
haces un dibujo de tu casa…
—No me ha llamado el buen Dios por los
caminos del arte, pero imaginémoslo pues.
—¿Verdad que puedes reproducir
perfectamente la arcada de la puerta, las ventanas con sus rejas
de hierro forjado, el farolillo del porche, la fachada de piedra
vista?
—Poco se parece todo eso a mi pisito
de soltero, aunque por imaginar que no quede.
—Bien. Con semejante dibujo conseguirías
reproducir tu vivienda en la superficie plana del papel. Pero
si intentaras expandir ese dibujo hasta cubrir la totalidad
del edificio no podrías evitar que se distorsionara en
la expansión. Del mismo modo se distorsionan los sistemas
de referencia por querer extenderlos indefinidamente en la dirección
espacio-tiempo.
—¡Que me parta un rayo si he entendido
algo! Aunque cabe decir que mis vecinos lograban expandir lucecitas
de Navidad por todo el balcón con suma pericia.
—No te preocupes por los detalles ahora,
mi fiel compañero, pues tampoco arrojarán luz
sobre el lance que nos ocupa y razón llevas en que el
tiempo apremia.
—Así pues, ¿cree vuesa
merced, que ese tal Einstein y su teoría explican por
qué lo que son catapultas con llameantes proyectiles
y soldados de flamante armadura al servicio del señor
de Patanegra, son a mis ojos coches de policía, camiones
de bomberos y ambulancias rodeadas por agentes, personal sanitario
y el cuerpo de bomberos?
—Sin lugar a dudas, en la teoría
de ese hombre sabio tenemos respuesta a lo que la ignorancia
y superstición podría confundir con cosa de hechicería.
Además, es bien sabida por todos la aprensión
del señor de Patanegra a tratar con las artes arcanas
y que nunca pondría a su servicio a brujo o bruja con
que engañar nuestros sentidos. Tenemos percepciones distintas
del mismo fenómeno, pero ambos sabemos reconocer en él
a una amenaza que pone una vez más a prueba mi valor
de caballero andante.
—Lo que no acierto a entender mi buen
señor, es por qué ese fulano querría algún
mal para vuesa merced y un servidor.
—¡Ay mi buen escudero! Resulta
evidente que desconoces el amor que ese malandrín profesa
a mi amada Dulcinea. Ella lo ha rechazado diez y veinte veces
en nombre de la promesa que a mi persona hizo en su día.
Y el rechazado, no siendo hombre de buen perder, sin duda piensa
que doblegando mi lanza ganará puntos ante mi dama y
decantará, a su favor, las preferencias de tan dulce
corazón.
—Más cabestro que hombre es si
actúa de forma tan poco caballeresca.
—La
doctora ya está aquí —anunció con
trascendencia el agente de policía.
—Bueno, a ver si acabamos con esto de
una puñetera vez y nos vamos todos a comer -respondió
Pedro Pérez lanzando la colilla al suelo con desgana.
—Alda Lorenzo —se presentó
una mujer de unos treinta y pocos años estrechándole
la mano.
A Pedro le pareció muy atractiva. Vestía
chaqueta tejana, blusa blanca y tejanos ajustados que sugerían
unas piernas torneadas a base de muchas horas de gimnasio.
—Pedro Pérez, subinspector jefe.
Usted dirá.
—El de la izquierda, el más alto,
sufre depresión crónica y puede haber entrado
en crisis bipolar maníaca. Se trata de Cervantes Quijano.
—¿Está de coña?
—En absoluto, Hace unos meses se cambió
nombre y apellido.
—Joder.
—Era profesor de Física en el
Instituto de Enseñanza Secundaria Lepanto. Un hombre
cualquiera con una vida muy normal. Por desgracia, su mujer,
Dulce Toboso, buscó emociones fuera del matrimonio. Un
día al llegar a casa la descubrió con su amante
y los mató a los dos a cuchilladas. El examen psiquiátrico
dictaminó no sólo depresión crónica
sino también indicios de trastorno bipolar. El hombre
solía evadirse de su gris día a día leyendo
como un cosaco y empezaba a confundir escenas de sus lecturas
con experiencias propias. Últimamente parecía
estar progresando adecuadamente, pero probablemente no fuera
más que una estrategia para escapar. Es muy inteligente.
—Bueno, nada de todo esto me sorprende
viniendo de un tipo que ahora mismo está sentado en la
cornisa de un octavo con una cazuela en la cabeza y un palo
de escoba en la mano. ¿Pero qué me dice del otro?
—Su compañero del alma en el
centro: Sancho Escudero.
—Se les escapan a pares, ¿eh?
—Créame si le digo que hacemos
verdaderos malabarismos con el presupuesto que tenemos asignado.
Normalmente, con el personal interno y un par de vigilantes
podemos controlarlo todo, sin embargo ayer tuvimos día
de puertas abiertas, magnífica iniciativa promovida por
el ayuntamiento, y estos dos aprovecharon el revuelo para darse
un paseo.
—No me cuente cosas tristes, si yo quisiera
también podría contarle algunas miserias del cuerpo…
Sorpréndame. ¿Qué es lo que ha llevado
al gordito a compartir cornisa con el profesor de Física?
—Un coeficiente intelectual borderline,
falta de autoestima y personalidad manipulable. Formaba parte
de las fuerzas especiales de tierra del ejército y participó
en la heroica recuperación para la santa patria de la
Isla de Perejil. De aquella lo retiraron.
—¿Qué hizo?
—Se lió a tiros con los matojos
y las cabras, y por bien poco no se carga a sus compañeros
y a los seis gendarmes marroquíes. A partir de aquí
la cosa fue a peor. Retirado y con demasiado tiempo para aburrirse,
un buen día salió al rellano de la escalera y
la emprendió a perdigonadas con las paredes gritando
aquello de una, grande y libre.
—Vaya, que son un par de perlas, ¿no?
—Ahora mismo no son peligrosos, si es
eso lo que insinúa. Al menos no para los demás.
—En fin. Terminemos con esto antes de
que pase alguna desgracia. ¿Quiere usted acompañar
a mis agentes?
—Si me permite subir y hablar con ellos
estoy segura de que podré manejarles.
—López, tráigame un chaleco
-pidió Pedro intentando recordar cuántas veces
aquellas palabras habían precedido al levantamiento de
un cadáver del asfalto.
—Parece que tenemos visita, mi señor.
Hay gente en la azotea.
—Dime que mis ojos me engañan,
buen Sancho, y que no es mi Dulcinea aquella a quien estos bellacos
traen presa.
—Pues yo no veo sino a tres policías
y a una mujer que tiene un parecido asombroso con la doctora
Alda.
—¿Te das cuenta, Sancho? La relatividad,
siempre la relatividad. La realidad y sus verdades no son más
que variaciones en un caleidoscopio al que todos nos enfrentamos
desde visores diferentes.
—Pues o a vuesa merced o a mí
el visor se nos debe de haber empañado.
—Veo que la traen presa, mi dulce dama.
¡Apartaos de ella, rufianes de medio pelo, si no queréis
probar el acero de mi hoja y decidle a vuestro amo, el señor
de Patanegra, que ni todas sus riquezas podrán comprar
el favor de mi Dulcinea del Toboso!
—No tenéis de qué preocuparos,
mi señor -respondió Alda, mientras con un leve
gesto pedía tranquilidad a los policías que miraban
nerviosos el frenético palo de escoba—. Rodrigo
de Patanegra…
—¿Rodrigo? Lo tenía por
Fernando.
—Y Fernando sigue, mi señor,
pero la proximidad de tan valiente caballero turba mi entendimiento
y confunde mi lengua.
—¿Lo veis claro ahora, Sancho?
Mi dama sólo tiene ojos para mí,
—Más verdadero que la misérrima
cornisa que pisamos, mi señor.
—Fernando de Patanegra ha entendido
al fin que nada puede hacer por arrancar a vuesa merced de mi
corazón. Y ha pedido a sus soldados que me escolten hasta
vos como gesto de concordia.
—Sabio es, después de todo, el
señor de Patanegra. Vamos pues, Sancho, abandonemos esta
atalaya que no habremos de batirnos hoy. No todas las victorias
se consiguen a sangre y espada, y es bien sabido que la palabra
de un noble tiene más valor que todo el oro de las Américas.
Desde su posición a nivel de calle,
Pedro acogió con un suspiro el regreso de los dos enfermos
a la seguridad de la azotea.
«Los tiene bien puestos» se dijo satisfecho, y se
preguntó si Alda tendría pareja y si en caso de
estar libre aceptaría que la invitara a cenar.
© Enric Herce Escarrà